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Abandoned Love

Friday, February 5th, 2016

El barrio donde resido no es precisamente el lugar más deseado de la ciudad, y aún menos los es la calle en concreto donde está mi apartamento. Nadie lo diría, ni yo mismo sabía de los secretos que esta zona de Kobe escondía antes de mudarme aquí. Cualquiera que se diera un paseo por Hanakuma no encontrará, a simple vista, diferencia alguna de lo que en barrios contiguos hay. Cualquiera de los llamados barrios conflictivos de España sería, me temo que con total seguridad, una opción peor. Con frecuencia, en la mañana de los domingos y de los festivos, me despierta la algarabía de los críos que juegan en la calle, voces que nunca escuché en otras áreas más “decentes” de la ciudad.
 Son simplemente conceptos diferentes de peligrosidad, circunstancias dispares. Que nadie lea aquí un intento de justificación de ningún tipo, el problema del crimen organizado en Japón es kafkiano, una vergüenza, por mucho que algunos se empeñen en atribuirle un halo de elegancia a la cúspide de la pirámide de estas organizaciones. A lo que me refería es a que uno puede aparcar la bici en la calle sin tener que atarla a una farola con una “pitón” diseñada para motos de gran cilindrada, al día siguiente seguirá en el mismo lugar.

En bicicleta volvía precisamente el pasado domingo a casa cuando, justo al doblar la esquina para meterme en mi calle, vi una guitarra eléctrica reluciente apoyada en la pared. La lógica me sugirió que habría un grupo de chavales descargando un coche tras una tarde de ensayo, o tal vez una mudanza. Pero en la calle no había un alma. La guitarra había sido abandonada por un dueño de esos que aquí llaman “mikkabouzu” (三日坊主), un “monje de tres días”, que es como denominan los japoneses a alguien que comienza las cosas con gran empeño y motivación pero luego siempre abandona. Y allí estaba el instrumento esperando unas nuevas manos que le sacaran algunos acordes.
 Por supuesto que estuve tentando de subírmela a casa, pero cuando se vive en Japón una de las primeras cosas que uno aprende es que el espacio no sobra y que se ha de vivir con poco más de lo imprescindible. Ya tengo una guitarra eléctrica, de modo que decidí darle una oportunidad a alguien más. Por otra parte esto es como cuando esos entrenadores y presidentes de clubes de fútbol dicen eso de “aquí no viene nadie si no lo hace para mejorar lo que ya hay”, y es que, a pesar de ser una más que decente imitación, la que yo rasgueo tiene impresa la mágica F en su clavijero.
 Todo esto no quita que una gran curiosidad me invadiera y que desafiara al fresquito saliendo varias veces a la terraza para echarle un ojo a la Stratocaster. Pero como si la madera se hubiera fundido con el hormigón de la pared allí seguía, brillante su negro lacado y su golpeador blanco, con sus seis cuerdas resplandecientes.
 De repente un grupito se acercó, dos chicas y un muchacho que levantó la guitarra, la examinó, esbozó una pose digna de air guitar player que provocó las risas de sus acompañantes y la volvió a dejar junto a la pared, esta vez en un lugar de mayor visibilidad.
Al cabo de unas dos horas se desprendió de nuevo de la pared, esta vez definitivamente, pero en esta ocasión no pude ver a su nuevo propietario. Me alegró su ausencia. Ya me estaba preocupando de que acabara formando parte de la “moenai gomi” de la semana, la basura que no se quema.

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Siempre me he preguntado cuál es la clave, por qué se da este tipo de situación en Japón de un modo totalmente diferente al que podemos ver o esperar en el resto del mundo. Mi conclusión es que, aunque igualmente aquí existen clases, la mayor parte de la población tiene acceso a un trabajo, y por tanto el que desea tener un iPhone, una Fender Stratocaster, un bolso de Louis Vuitton o lo que fuera, tarde o temprano acaba haciéndose con el objeto de su deseo.
“Claro, teniendo un trabajo es normal, este ha descubierto la rueda”, pensará más de uno. Obviamente la cosa no es tan simple. Un japonés que esté desempleado en el mismo momento en que se enamore del reloj que el famosete de turno luce en su muñeca durante una entrevista de televisión buscará la manera de conseguirlo por un cauce natural, nuevo o usado, pero por regla general a cambio del algún tipo de esfuerzo. Por otra parte la increíble actual tasa de desempleo de España tuvo épocas más saludables, pero, por decirlo del algún modo, digamos que las bicicletas eran igualmente acechadas.
Así, en Japón, uno puede tener más o menos la tranquilidad de que si estando en una cafetería tiene que ir un momento al baño, cuando vuelva sus pertenencias seguirán intactas en su mesa. Incluso si dejó su teléfono móvil o su portátil sobre ella.
Siempre que se trata este tema no falta quien se ofende y rápidamente sale en defensa de la buena fe patria. No dudo que la mayoría de mis paisanos son buenas personas, pero igualmente un objeto personal de cierto valor tiene más papeletas de desaparecer en mi barrio sevillano que en Hanakuma.

Os traslado la reflexión, ¿por qué piensan que existe esa diferencia? Y otra pregunta, ¿hubieseis ustedes cogido la guitarra? Será interesante intercambiar impresiones. Sigamos el tema en los comentarios, abiertos están para ustedes.